LA ADHESIÓN A LA VERDAD EN TIEMPOS DE BULOS


Una mentira mil veces repetida no puede convertirse en verdad incuestionable

OVIDIO BUSTILLO GARCÍA

La utilización de la mentira, el engaño o la argucia no es nada nuevo, aunque tanto las religiones como los códigos de comportamiento los censuren en las relaciones cotidianas a lo largo de la historia y en las distintas culturas.
El engaño, sancionado en la vida civil, se convierte en el ámbito militar en comportamiento heroico, implicando a los propios dioses en sus hazañas. Una muestra elocuente es el mito del caballo de Troya. Todo vale con tal de poder acabar con el enemigo, encarnación de todos los males.

Las nuevas tecnologías nos brindaban la oportunidad de tener sociedades más informadas y con mayor capacidad de participación democrática. Hemos comprobado, desgraciadamente, que son instrumentos especialmente útiles para difundir la mentira, la desinformación, el bulo y la manipulación.
Es imprescindible preguntarse: como en lo militar ¿vale también todo en política? ¿Hemos convertido la democracia en una guerra de intereses y de poder donde el objetivo es la destrucción del enemigo por cualquier medio? ¿Qué podemos aportar desde el antimilitarismo y la noviolencia?

Son especialmente preocupantes los ascensos al poder tanto de Trump como de Bolsonaro, no sólo por su ideología, poco compatible con la democracia, sino, sobre todo, por los medios utilizados para ello: el uso de los Big Data masivamente para la intoxicación y la polarización de la sociedad. La utilización generalizada de bots en redes sociales, distribuyendo medias verdades de forma planificada y sin escatimar recursos económicos, suponen un atentado mortal a la propia democracia y a un derecho fundamental que tenemos como ciudadanos: el derecho a la verdad, a una información objetiva. Este derecho lo tenemos no sólo porque aparece en ese arma arrojadiza que se llama Constitución Española (Art. 20) sino por ser personas. Lo necesitamos para crecer y desarrollarnos. La mentira rompe las relaciones básicas de confianza que se establecen entre las personas, los colectivos y las comunidades humanas; provoca incertidumbre, ansiedad e inseguridad en la toma de decisiones. La mentira es un atentado a la convivencia en cualquiera de sus ámbitos. En la política, rompe las bases mismas de la democracia, pues sólo mediante una información veraz podemos participar activamente en la vida política, hacer propuestas crítica y responsablemente y ejercer con sentido el derecho al voto. No existe el derecho a la mentira, por mucho que algunos se empeñen en difundirla amparados en el derecho a la libertad de expresión. Ciertamente, tampoco es fácil legislar sobre la mentira, pues a menudo, quien hace la ley no sólo hace la trampa, sino que la propia ley puede ser una trampa en sí misma. Recordemos la Ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, que lejos de dar seguridad jurídica y facilitar el ejercicio de los derechos y libertades, criminaliza la protesta legítima y facilita el abuso policial. Recordemos también la otra Ley Mordaza, el artículo 578 del Código Penal, que ha permitido sancionar y encarcelar a artistas, periodistas, raperos, tuiteros y titiriteros por enaltecimiento del terrorismo, cuando ya no hay terrorismo.

El mejor antídoto contra la manipulación y la mentira es sin duda una sociedad culta, informada y exigente; pero mientras eso llega no está de más ver las consideraciones de grupos como Xnet.( https://blogs.publico.es/dominiopublico/32539/legislar-contra-los-bulos-y-en-defensa-de-la-libertad-de-informacion/)

En el contexto de crispación política, aprovechando la Crisis de la COVID-19, asistimos en el Estado Español a una subida de tono deslegitimadora de la ya de por sí débil democracia. No debemos olvidar que nació tutelada por el ejército de la dictadura, con un constante ruido de sables, disuasorio a la hora de tomar medidas democratizadoras, restauradoras de la memoria,la verdad y la justicia.
A este déficit democrático de origen hay que añadir la corrupción, la financiación ilegal, las cloacas del estado, la parcialidad de la justicia y de las fuerzas del orden, el poder político de las grandes corporaciones, la banca, la prensa, etc. comportamientos tramposos y de poderes fácticos faltos de transparencia que restan justicia y credibilidad a la convivencia pacífica. Ciertamente no es un panorama halagüeño pero, hay que decirlo alto y claro, la solución no va a venir con más medidas autoritarias, con nuevas maniobras de engaño, sino con más transparencia, más participación ciudadana, más control sobre poderes no elegidos, más juego limpio y una verdadera voluntad de servicio de todas las instituciones.

El Fin está en los Medios como el árbol en la semilla.

Desde la noviolencia podemos aportar algunas reflexiones que pueden no sólo ayudar a reorientar la acción política sino también la construcción de nuevas realidades. Acudimos para ello a Gandhi, impulsor de la noviolencia en nuestra cultura reciente,

Dos conceptos son clave para comprender las campañas impulsadas por Gandhi para la independencia de la India: Ahimsa y Satyagraha. Al comienzo usaban la expresión inglesa de “Resistencia pasiva”, pero tanto por su origen como por la práctica activista de su movimiento civil, no resumía el verdadero contenido de su lucha. Se convocó, entonces, un concurso para encontrar una palabra que lo definiera mejor. Entre otros términos, como “Sadagraha”, “firmeza en la buena causa”, el elegido finalmente fue “Satyagraha”, compuesto por dos palabras: Satya = Verdad, Agraha = insistencia, esfuerzo. Podría resumirse, pues, como la fuerza de la verdad, la adhesión a la verdad, la insistencia en la verdad. El otro concepto, Ahimsa, es un término sánscrito que significa no violencia, no daño, no odio, respeto a la vida. Al trasladar a occidente la terminología de la lucha política de Gandhi con la palabra No-violencia, cuando en realidad es Satyagraha la que lo resume, nos hemos privado de dar visibilidad a lo que significa la fuerza de la verdad y la justicia como objetivo último del Satyagraha. Nos toca, pues, dar a conocer que el término actual de Noviolencia va mucho más allá de la mera negación de la violencia y de ser sólo una estrategia de lucha contra la injusticia, los abusos de poder y las dictaduras (que no es poco) para convertirse en una forma de acción política constructiva hacia sociedades buscadoras de la verdad, justas y en armonía con la naturaleza.

La íntima relación que existe entre los medios y el fin en la acción noviolenta se resume gráficamente en la conocida expresión “el fin está en los medios como el árbol en la semilla”. Es fácil comprender que lo que se conquista con violencia va a necesitar de la violencia para mantenerse. La historia es muy tozuda en demostrarlo. Nuestra sociedad es muy sensible a la violencia aparatosa de quemas y destrucción de mobiliario urbano, encargándose pronto los defensores del orden establecido de descalificar el fin por los medios. Es bastante menos sensible a las violencias de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, donde el mantenimiento del “orden”, la “unidad de la patria” o la defensa de intereses económicos sí justifican la violencia, y hasta las guerras. La sociedad no percibe como violencia las violencias estructurales, rara vez escandalosas, aunque letales, y que impiden una vida digna a los más vulnerables. Son las leyes que permiten los abusos bancarios que dejan sin vivienda a las familias, que persiguen pequeños delitos y olvidan los grandes fraudes, que permiten la explotación de personas, animales y naturaleza para beneficio de unos pocos. Es la violencia estructural del patriarcado.

La verdad es la primera víctima de la violencia.

Si no debemos sembrar la semilla de la violencia para ningún buen fin, lo mismo nos sucede con la semilla de la mentira. Es fácil comprender que lo conseguido por la mentira, el engaño, la astucia, la tergiversación y la manipulación necesitará de ellas para mantenerse, creando sociedades igualmente injustas y violentas.

Se ha dicho a menudo que la verdad es la primera víctima de la guerra. Además de ser la primera, es fundamental, pues sólo tras una meticulosa campaña de desinformación y manipulación podemos aceptar que miles de personas inocentes pierdan la vida por la libertad, la democracia, la civilización, el progreso, la religión o la patria. Hemos sido testigos de cómo la violencia de la guerra se cebaba sobre Afganistán, Iraq, Libia o Siria, ayudada por la propaganda engañosa y la ocultación de fines inconfesables.

En realidad, la muerte de la verdad comienza cuando nos dejamos engañar o nos autoengañamos negando a nuestros adversarios la condición humana. No es lo mismo ser conscientes de que estamos amenazando, insultando, hiriendo o maltratando a una persona, alguien de nuestra especie, un ser humano con derechos, que si lo cosificamos o animalizamos, convirtiéndolo en “basura, ratas, cucarachas, cerdos…” y acabando con ellos, acciones que para muchos son dignas de admiración, premiadas con medallas y menciones de gloria en los libros de historia o en las estatuas de las plazas. Mentira, miedo, odio y violencia es una cadena que se autoalimenta y crece si no somos capaces de pararla y romperla en cada uno de sus eslabones.

La actual crispación de la política española comienza a acumular algunos síntomas de esta preocupante espiral. Para Gandhi, la verdad es una búsqueda personal y colectiva íntimamente ligada a la justicia y a la noviolencia “Ahimsa”. Por fin un ideal por el que nunca se puede matar, un ideal por el que nunca se debe mentir.

Ciertamente, la verdad como concepto absoluto no es patrimonio de nadie, pero sí podemos ver aproximaciones o alejamientos a la misma. No podemos caer en el relativismo moral y en el catastrofismo del “todos son iguales”, “todos mienten”. No es lo mismo promulgar leyes que facilitan la acumulación de la riqueza que leyes que intentan redistribuirla. No es lo mismo defender privilegios para unos pocos, que defender derechos para todas. No es lo mismo defender valores patrióticos que derechos humanos. No es lo mismo exponer tu cuerpo por el derecho a la vivienda que alimentar el negocio de los fondos buitre. No es lo mismo la objeción fiscal al gasto militar que la utilización de la ingeniería financiera o los paraísos fiscales.

La pretendida equidistancia de algunos medios hace a menudo un flaco favor a la verdad y a la democracia. Los grandes medios de comunicación tienen una especial importancia a la hora de dar una información objetiva y veraz. Considerados como el cuarto poder, no elegido, están, en buena medida, en manos de grandes corporaciones con claros intereses económicos y abiertas preferencias políticas. Es desalentador ver cómo hay periodistas que trabajan al servicio de la mentira, la falsedad y el insulto. Capaces de fabricar bulos y tergiversar hechos. El periodismo, una de las profesiones en la que más importante es la adhesión a la verdad, como clave de su ser y su servicio, funciona con demasiada frecuencia como un mercado más al servicio de la oferta y la demanda, al servicio de los intereses de quien pueda pagar o al servicio fanático de una ideología.

Son muchas las excepciones. Aun así cabría preguntarse ¿Quién educó a estos periodistas? ¿No hay una ética profesional? ¿No existe un código deontológico? Algo parecido se podría decir de la clase política. Consentimos a periodistas y políticos lo que no consentiríamos a otros profesionales y que ningún educador consiente en un patio de colegio.

Como ciudadanos no podemos eludir nuestra responsabilidad en esta situación de deterioro de la verdad y por tanto de la convivencia. En un clima de crispación donde si no estás conmigo estás contra mí, donde la linealidad derecha-izquierda eclipsa otras posibles opciones, donde no son posibles los matices, es más urgente que nunca la apuesta por la verdad.

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(Publicado en el blog “Planeta Desarmado” de El Salto, el 21 de julio de 2020)