RECUPERAR LA MEMORIA Y RECUPERAR LA CORDURA: RESISTENCIA A LAS GUERRAS Y LUCHA POR LA PAZ. A PROPÓSITO DE UNA CARTA INSUMISA DEL AÑO 1975.

Juan Carlos Rois

Nos podemos imaginar cualquier tiempo y cualquier guerra. Tal vez alguna de las actuales, tal vez alguna de las pasadas. Olvidemos por un momento la imagen casi de película y propagandística que nos muestran los medios de comunicación.

Alguien escribe a su familia por última vez.

Querida madre y hermana:

Hace días que no sabéis nada de mí, pero he aquí la causa. Hace 2 o 3 días dije en el cuartel que no podía coger las armas y me amenazaron y entonces deserté. No me despedí de vosotros porque se dice que fusilan a los familiares de los desertores, pues por si acaso, no sabiéndolo tú no te podrían hacer nada.

Me han detenido y sin oírme siquiera me han condenado a muerte y esta noche dejo de vivir en la tierra,…”

¿Seríamos capaces de adivinar cuándo, en qué circunstancias, en qué guerra se redactó?

Es una carta intemporal y lo mismo cuadra que la escribiera un contemporáneo de Antígona que un objetor de conciencia ucraniano al que acaban de detener pro negarse a empuñar un arma.

Es la carta de un resistente a la guerra, a cualquiera de las guerras, de ahora o de antes. Y es una carta archirrepetida.

Esta en concreto es de antes. De la guerra civil española. Se escribió en Jaca el 18 de agosto de 1937 y el autor, Antonio Gargallo, fue fusilado por su negativa a empuñar las armas contra otro ser humano.

De esa guerra hay más casos de resistentes a la guerra datados, como Hilario y Pascual Torcal, que tiraban al aire para no herir a nadie (Pascual fue condenado al acabar la guerra como desertor a 30 años de reclusión, de los que cumplió 7) O Alejandro Blázquez, que desertó de la Brigada Internacional (que no era tan internacional y se completaba con soldados de reemplazo) o Santiago Agón, o tantos otros. 

Pero el caso de Antonio Gallego tal vez sea el testimonio escrito más claro, y por desgracia con peor desenlace, con el que contamos hoy de los muchos miles de resistentes a la guerra que desmienten la épica militar de la guerra civil ( o de cualquier otra guerra que escojamos).

Las escuelas de hoy no nos cuentan nada de la gente “desafecta” que renegaban de la guerra civil: los cientos de miles de prófugos y desertores, las manifestaciones de mujeres contra los reclutamientos, tanta gente que se negaron a incorporarse y se dieron por prófugos, o que desertaron en uno y otro bando  (según el historiador militar Salas Larrazábal más de 2.000.000 de personas de los más de 5.000.000 de incorporados a filas durante la guerra no se incorporaron, y según Pedro Corral, otro historiador, probablemente fueron cerca de 3 millones, sin contar con que una gran mayoría de los combatientes fueron prácticamente coaccionados para combatir sin tener para ello ninguna gana, como cuenta en “Soldados a la fuerza” James Matthews).

Pensemos en otro escenario.

Una mujer, en cualquier guerra, puede también hacer un llamamiento a las mujeres como este que transcribo:

No prestéis oídos a los himnos nacionales ni a las palabras retumbantes que os hablan de falsos deberes patrióticos, sino a esa otra voz dulce y profunda que sale del propio corazón y enseña el precepto intangible de amor a todos los seres y a todas las cosas. Pasad con alegría a defender la paz y la dulzura… No mantengáis una pasividad inexplicable e inexcusable. ¿Dónde estáis? No hace falta gritar, sino pasar adelante. Llevar la paz y hundir todo lo que pueda despertar el odio. No aprendáis el gesto militar, mujeres… Sin jactancia, sin gritar os digo, obstruid con el cuerpo la puerta por donde los hombres hayan de salir. Que las manos sean cerrojos y los brazos barras invencibles. Haceos murallas frente a todos los choques…

Esto mismo lo pueden decir madres de soldados rusos o ucranios ahora. De hecho, muchas de ellas encabezan protestas contra la guerra de las que nuestros predispuestos medios de comunicación no informan en absoluto.

Lo pueden decir mujeres yemeníes o de mozambique, de Mali o de Israel.  Lo pudieron decir mujeres de las que propusieron la negativa a pagar impuestos para la guerra en Roma, como Hortensia, o de las que propusieron, como Lisístrata, negar cualquier tipo de colaboración a la guerra.  Y seguramente resonará en las guerras futuras.

En este caso, lo dijo Amparo Poch, una médica anarquista, en la guerra civil española. Lo dijo en un mitin de mujeres, porque las mujeres libertarias, y no solo ellas, lucharon también contra la guerra que el militarismo cultiva como una épica de héroes y n o como una ordalía de criminales.

Nos podemos imaginar un tercer caso.

Ahora es un maestro que dicta a unos chavales para que aprendan a escribir y mejoren su caligrafía.

Qué añadiremos a ese cuadro incomparablemente menos repugnante que la realidad? Una sola observación: los diversos gobiernos de Europa matan por sí solos, por gusto, cada mes, más hombres que estrellas se ven en el cielo en la más clara noche.

De hecho, el militarismo europeo, o sea el estado de paz con ejército permanente, es la causa principal de la esterilización de los campos y la ruina de los países…

Si os dijese que todos los gatos de una gran nación se han reunido a miles en una llanura y que después de haber maullado toda la rabia, se han lanzado furiosamente unos contra otros, clavándose los dientes y las uñas, que de esta pelea han resultado de una parte y de otra nueve o diez mil gatos tendidos en el campo, infectando el aire diez leguas a la redonda, ¿no diríais: he ahí la cosa más repugnante que pueda concebirse? Si los lobos hiciesen lo mismo ¡qué aullidos! ¿qué carnicería. Si unos y otros dijesen que aman la gloria, deducirías que es locura gloriarse en destruir y anonadar la propia especie y hasta os reiríais de la ingenuidad de las pobres bestias. Sin embargo, vosotros, como animales, racionales que sólo saben servirse de sus uñas y sus dientes, habéis inventado juiciosamente las lanzas, las flechas y las cimitarras porque con las manos no más, poco daño os hubierais causado: arrancaros los cabellos, arañaros la cara y todo lo más sacaros los ojos, mientras que provistos de instrumentos cómodos podéis causaros recíprocamente anchas heridas de donde corra hasta la última gota de sangre”.

En este caso, fue el método de aprendizaje de la Escuela moderna de Ferré i Guardiá. Yo mantengo un ejemplar de esta emocionante caligrafía que enseñaba además valores para desaprender la guerra. Me gusta soñar las trayectorias de quienes tuvieron la suerte de ser educados en estos valores. 

El clamor de la gente del común contra la guerra se repite una y mil veces y ofrece no sólo una postura ética, sino, sobre todo, una metodología de lucha y resistencia contra la guerra.

La negativa a participar de ella. La apuesta por la vida y por la paz.

Si quieres la paz, prepara la paz. Niégate a participar de la guerra.

Un último testimonio. Tal vez de cualquier país actual o de cualquiera pasado. Esta vez un joven al que quieren alistar a filas:

“Llevo meses pensando sobre la posibilidad de mi incorporación a filas y casi tantos convencido de que no lo debo hacer, de que no lo voy a hacer y espero que así sea. Por esta vez he renunciado a ser despersonalizado, a ser un número, a vestir un uniforme, a convertirme en un robot que cumple órdenes, a militarizar mi conciencia, a aprender el manejo de las armas, a jurar bandera y a obedecer sin más, a convertirme en soldado-masa…

Ante una expresión tan vieja y aceptada como “si quieres la paz, prepara la guerra” siendo decirle que estoy en total desacuerdo.

Este es uno de los motivos por los que me niego a buscar la paz con un fusil en la mano o al frente de un tanque. Como espero que pueda comprender, mis dedos de paz me han hecho buscar otros medios para conseguirla. Unos medios que respeten la integridad física, moral y cultural de toda persona; unos medios que no vayan a conseguir la eliminación del adversario, sino la reconciliación; unos medios que vayan de acuerdo con el fin, pues ¿es posible con la violencia conseguir un fin tan noble como la paz? Pienso que esta sólo se puede conseguir con medios no-violentos.

Al hablar de paz no entiendo con esto la mera ausencia de guerra declarada. Mientras exista una mayoría silenciosa y silenciada, mientras existan en las cárceles personas privadas de libertad por el hecho de pensar distinto de quienes están en el poder, mientras mantener la ignorancia de la mayoría siga siendo un arma política, mientras muchas personas honradas no puedan vivir sino en el temor, mientras la compleja carrera y comercio de armamentos siga poniendo en peligro la convivencia y la misma existencia de la humanidad, a costa de mantener una clase que no tiene lo necesario para subsistir, o a costa de mantener el hambre o la miseria en los países del tercer mundo, estoy convencido de que no existe la paz….”

La carta es más extensa y desgrana más motivos para negarse a preparar la guerra y dejarse enrolar en un ejército.

Desde que se escribió ha pasado casi un lustro.

Fue dirigida a las autoridades militares y se hicieron cientos de fancines para distribuir entre la población y buscar la publicidad de esta lucha y la solidaridad con los objetores que la encabezaban.

Es la carta de uno de los primeros objetores antimilitaristas en el Estado español , está fechada en octubre de 1974, cuando aún estaba vivo Franco, y se inscribió en la lucha por promover una objeción de conciencia política y de signo antimilitarista, el embrión del Movimiento de Objeción de Conciencia y uno de los precedentes del ciclo de la insumisión en el Estado español.

Fue redactada cuando la opinión general era aplastantemente favorable al discurso militar y a las personas que discrepaban se las consideraba socialmente como lunáticos, como traidores y cualquier otro epíteto imaginable. Y se les encarcelaba.

Su negativa lo era contracorriente, pero desencadenaron una lucha que, tiempo después, consiguió romper con uno de los principales instrumentos de adoctrinamiento militarista en España: el servicio militar obligatorio.

No es poco, pero no es suficiente. El militarismo sigue marcando las agendas de nuestras sociedades y sigue reforzando la violencia rectora que domina las relaciones sociales y que justifica la guerra y su preparación.

Recuperar nuestra memoria es poner en valor estos testimonios y también pensar en el poso que han dejado en nuestra sociedad.

Pero, sobre todo, repensar en una metodología sencilla para desaprender la guerra: trabajar por la paz, luchar contra el militarismo, desobedecer sus imposiciones, luchar contra la violencia rectora, apostar por la defensa de la seguridad humana y de los derechos humanos.

Quitar poder al militarismo. Dotarnos de una alternativa.

Queda mucho por hacer, pero la memoria nos marca una senda de trabajo y una metodología de lucha.

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CARTA de Ovidio Bustillo AL CAPITÁN GENERAL DE LA 7º REGIÓN MILITAR,

Texto completo, con las razones de su negativa a incorporarse a filas. Junto con otros 6 objetores se plantea colectivamente la Objeción de Conciencia al Ejército como acción política de Desobediencia Civil noviolenta. 1975.

Estimado Sr. CAPITAN GENERAL DE LA 7a REGION MILITAR 

Siento mucho tener que dirigirme a Vd. nombrándole por su cargo. Soy Ovidio Bustillo García, natural de Dehesa de Romanos (Palencia),citado por la Caja de Reclutas núm. 751 de Palencia, para efectuar mi incorporación a filas con el 4.0 llamamiento del Reemplazo de 1974 el día 16 de octubre del corriente. 

Llevo meses pensando sobre la posibilidad de mi incorporación a filas, y casi tantos convencido de que no lo debo hacer, de que no lo voy a hacer y espero que así sea. Por este vez he renunciado a ser despersonalizado, a ser un número, a vestir un uniforme, a convertirme en un robot que cumple órdenes, a militarizar mi conciencia, a aprender el manejo de las armas, a jurar bandera, a aprender a obedecer sin más, a convertirme en soldado-masa y quizá algo más que en estos momentos no recuerdo. 

Como piede ver, mi actitud es de desobediencia e insumisión a la ley del Servi cio Militar, por lo que me declaro culpable (según sus leyes) por cometer el «delito’ de objeción de conciencia al servicio militar. 

Si me perdona que sea un poco pesado, le expondré las razones fundamentales del porqué me declaro objetor. 

Ante una expresión tan vieja y aceptada como «Si quieres la paz, prepara la guerra», siento decirle que estoy en total desacuerdo. En efecto, éste ha sido el camino que la humanidad ha tomado. Si recorremos la historia solamente desde que Julio César pronunció esta frase, vemos que efectivamente los preparativos para la guerra han sido un afán constante, su éxito está hoy claro: existen bombas atómicas para destruir ocho veces la tierra. Después de buscar durante 2.000 años la paz, nos encon tramos con este panorama, con recuerdos como el Vietnam o los 50 millones de muer tos en la segunda guerra Mundial, o las bombas de Hiroshima y Nagasaki, o los tristes sinsabores de la guerra civil española. 

Este es uno de los motivos por los que me niego a buscar la paz con el fusil en la mano o al volante de un tanque. Como espero que pueda comprender, mis deseos de paz me han hecho buscar otros medios para conseguirla. Unos medios que respeten la integridad física, moral y cultural de toda persona, unos medios que no vayan a conse guir la eliminación del adversario, sino la reconciliación, unos medios que vayan de acuerdo con el fin, pues ¿es posible por la violencia conseguir un fin tan noble como la paz? Pienso que ésta sólo puede conseguirse realmente por medios no-violentos. 

Al hablar de paz, no entiendo con esto la mera ausencia de guerra declarada. Mientras exista una mayoría silenciosa y silenciada, mientras existan en las cárceles per sonas privadas de libertad por el hecho de pensar distinto de quienes están en el poder, mientras mantener la ignorancia de la mayoría siga siendo un arma política, mientras muchas personas honradas no puedan vivir sino en el temor, mientras la com pleja carrera y comercio de armamentos siga poniendo en peligro la convivencia y la misma existencia de la humanidad, a costa de mantener una clase que no tiene lo necesario para subsistir, oa costa de mantener el hambre o la miseria en los países del tercer mundo, estoy convencido de que no existe la paz. 

Por esto, al hablar de paz, no puedo menos de tener presente otra palabra para lela a ella: justicia. Pues, ¿es posible la paz mientras exista tanta injusticia, mientras unas personas vivan en la opulencia y otras en la miseria, no sólo económica, sino tam bién cultural? De ahí que mis esfuerzos en la búsqueda de la paz se concreten en la búsqueda de la justicia (ésta no siempre coincide con la justicia de las leyes), por lo cual me comprometo a trabajar por y con los más pobres y oprimidos, tratando de desvelar y hacer pública toda injusticia. Desgraciadamente, no siempre será así. Habrá momentos de debilidad humana en los que el miedo me hará callar, o la comodidad cómplice del silencio. Pero si alguna vez me aparto de la línea expuesta, entonces pienso realmente que puede acu sárseme de traidor y apátrida. Pues si la Patria y el servir a la Patria no es principalmente servir y trabajar por el progreso integral de las personas concretas con las que convivimos, renuncio también a toda otra idea de. Patria. Por la Patria, tal como lo he expuesto, si estoy dispuesto a dar hasta la última gota de sangre. 

Con esto queda para mi claro que tampoco juraré fidelidad a otra bandera que no sea la fidelidad en cada momento y a cada persona: mi bandera son los derechos del hombre y de cada hombre, los derechos promulgados y los que cada uno llevamos dentro. 

Mi intento de ir haciendo realidad lo que pienso, me ha llevado a trabajar por la paz y servir a la Patria en uno de esos barrios necesitados que existen en nuestras ciuda des, prestándome a cubrir algunas de esas necesidades para las que no llegan los presu puestos. Por lo cual considero que estoy realizando un servicio civil, sustititorio del servicio militar, tal como la Comisión Justicia y Paz ha expuesto y pedido al gobierno que sea aprobado. 

Como cristiano no he podido menos que examinar mi postura a la luz de la fe. En ella encuentra mi actitud tomada su raiz más profunda. 

El amor y la fraternidad que predicó Jesucristo me exigen ir caminando en este sentido. No es para mí posible llamar a Dios «Padre nuestro» si en mi vida no intento que esto sea una realidad. Por eso, intentando cada vez sentirme realmente hermano de los hombres, no puedo tomar unas armas que no sirven sino para su destrucción. No me planteo ya si en algún caso es justo violar el mandamiento «No matarás”, que supon dría un planteamiento de la fe en una visión negativa. Es la dinámica constructiva del amor, que va exigiendo, cada vez más, la que me impulsa a rechazar el servicio military ponerme al servicio de los hermanos más necesitados. 

En el Evangelio he encontrado el valor que el hombre tiene: el ser en su sentido profundo imagen de Dios. Una minima exigencia me lleva a no atentar contra la vida de ningún hombre, por noble que sea la causa, por justa que sea la defensa, por malvado que sea el enemigo. El amor predicado y vivido por Jesús tiene como cumbre el amor al enemigo, que lleva a desear el bien para aquellos por quienes se puede ser odiado, perse guido, golpeado o encarcelado. 

Aun sin exigir haber llegado a tal meta, creo que un mínimo de sensibilidad es suficiente como para sentir repugnancia cuando se enseña cómo hay que pisar al ene migo para poder clavarle mejor la bayoneta o en qué parte el golpe puede ser més efectivo. Esto es un ejemplo mínimo si consideramos las estrategias militares que buscan cómo destruir mejor una ciudad o qué arma bacteriológica puede producir más muertes. 

Incluso en el mejor de los casos, aunque se tratase de una guerra claramente defensiva, producida por una injusta invasión, o la guerra pudiese tomar el nombre de «cruzada», no estoy dispuesto a participar en ella. Como cristiano, heredero también de una historia, siento en mí el peso, el dolor, el justo reproche de haber justificado en nombre de Cristo la violación de los más elementales derechos del hombre y las vio lencias más atroces. Esto me lleva a gritar i Nunca más la “Santa Inquisición”! ¡Nunca más querer implantar el Reino de Dios con la espaua en una mano y la cruz en la otra! ¿No supone una falta de fe y una traición al mensaje de Jesús el haber creido que la fuerza del amor es insuficiente para construir un Reino de Paz y de Justicia? El haber confiado en otras fuerzas como la violencia, ha supuesto la negación de lo que para mí es la esencia misma del Evangelio

En el primer caso, si se tratase de una guerra defensiva o de una reivindicación de los derechos de un pueblo violados por otro pueblo o por una minoría opresora, me negaría también a tomar las armas. Esto no significa optar por la pasividad. 

Desgraciadamente, apenas se ha confiado que técnicas no-violentas puedan ser efectivas. ¿A qué grado de sensibilidad y humanización hubiéramos llegado si parte del dinero empleado en preparar la guerra se hubiera empleado en el estudio y puesta en práctica de técnicas no-violentas de resistencia a la injusticia y a la opresión? Quien realmente mantiene al invasor o al tirano es nuestra colaboración con él. Desgraciada mente, siempre hemos confiado que el mejor modo de destruir la invasión o la tiranía es destruir al tirano o al invasor físicamente, entrando así en el juego de la violencia. Cierto que el empleo de técnicas no-violentas como la no colaboración o la desobe diencia civil llenarían las cárceles e incluso no evitarían algunas muertes: la muerte de los que están dispuesto a morir, no a matar. Pues, ¿es posible conseguir la libertad sin una capacidad de sacrificio propio? Mis esfuerzos se dirigen en este sentido. No es una huida, no pretendo con ello cubrirme las espaldas, pues al rechazar la violencia no se deja de ser blanco de la violencia. 

Creo que en todo lo expuesto se encuentran razones suficientes como para comprender el porqué me niego a hacer el servicio militar. 

En cuanto a usted, nada me hace dudar de su buena voluntad, de que esté dedicando su vida al servicio de la paz y la convivencia humana, por lo cual merece mi mayor respeto. Pero, aunque nuestros fines puedan ser idénticos, los medios son dife rentes, más bien opuestos. Por eso no puedo colaborar en su tarea participando del servicio militar. 

Con esta carta no pretendo ofenderle a usted ni a nadie. Si alguien se siente ofendido que examine por qué. En ella expongo lo que pienso y no puedo dejar de anunciarlo, por doloroso que pueda ser. Quizá en algunos momentos mi tono pueda ser ofensivo. No lo he pretendido, pero si es así, no lo considero un valor sino algo negativo por mi parte. 

Tampoco pretendo con esto juzgar a tantos jóvenes que han optado por el servi cio militar, si realmente ha sido un acto libre y responsable. No me toca a mí juzgar sobre los demás. Lo que pretendo es buscar nuevos caminos de convivencia entre los hombres, donde el odio y la violencia dejen de ocupar un lugar preponderante, donde el respeto, el diálogo, la comprensión y el amor fraterno sean las bases de la sociedad más justa que todos estamos buscando. 

Quizá también con estas bases podamos encontrar juntos nuevos caminos. Con estos buenos deseos y un saludo fraternal, me despido de usted.

 OVIDIO M. BUSTILLO GARCIA

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