Causas y consecuencias de las desigualdades


Esta es la tercera entrada sobre las relaciones que hay entre las desigualdades, la violencia y los conflictos. La anterior es Worth, valor (económico) y antes fue Desigualdad, violencia y conflictos.

Causas de la desigualdad

Iniciamos recordando, por su calidad y claridad, un artículo de hace casi 10 años en EL PAÍS: Las diez causas de la desigualdad. Poco ha cambiado desde entonces, desgraciadamente:

La magnitud de la brecha actual entre los más ricos y el resto es escandalosa.  Nos hemos instalando en un círculo vicioso cuya dinámica se fundamenta en el control que los más ricos ejercen sobre el poder político. Son abundantes los casos de países en los que los gobiernos no gobiernan para la mayoría, sino para favorecer a la élite de la que forman parte. Las políticas adoptadas por muchos gobiernos, en el norte y en el sur, abocan a millones de personas a vivir en una situación de pobreza perpetua. Estas son, a mi modo de ver, las diez principales causas de la desigualdad global.

1- Sistemas fiscales injustos.  La desigualdad aumentará si los que menos ingresos tienen siguen pagando más impuestos que los ricos. Warren Buffet reconoció que paga un porcentaje de impuestos más bajo que su secretaria; multinacionales como Google, Amazon o Starbucks pagan menos del 10% de impuestos sobre sus beneficios. Las leyes y reglas actuales deben cambiar para evitar que los impuestos sobre el consumo o sobre los salarios sean superiores a los impuestos sobre las rentas del capital.

2- Corrupción y flujos ilícitos de capitales.  Hay que poner fin a la hemorragia financiera y robo que provocan la corrupción, la deuda pública odiosa y la evasión fiscal. Para ello, es imprescindible combatir la opacidad del sistema financiero internacional, con especial énfasis en la lucha contra los paraísos fiscales. Según GFI, entre 1970 y 2008, 854.000 millones de dólares salieron de África hacia el resto del mundo por culpa de la corrupción y los flujos de capitales ilícitos, el doble de la cantidad recibida como ayuda oficial al desarrollo en el mismo período.

3- Distribución injusta de la inversión y el gasto público.  La desigualdad aumenta cuando determinados grupos de ciudadanos o instituciones, sea por razones étnicas, de clase, geográficas, religiosas, etc., se benefician de mayores niveles de inversión y gasto público que el resto, lo cual se traduce en mejor acceso a servicios sociales básicos como salud o educación, o mejores infraestructuras, como por ejemplo, en energía y comunicaciones. En muchas ocasiones las decisiones políticas sobre inversiones y gasto público no se rigen por criterios de justicia social, sino de conveniencia y connivencia.

4- Distribución injusta de la tierra. En muchos países se han promovido procesos de concentración de la tierra en manos de los más poderosos. El acaparamiento de tierras por inversores extranjeros también está dejando a millones de person@s en el mundo sin tierra para cultivar. Cada segundo, los países en desarrollo pierden una superficie de tierra equivalente a un campo de fútbol. De las políticas de acceso a tierra depende el nivel de beneficios de unos cuantos miles de individuos, y también la seguridad alimentaria de millones de personas.

5- Acceso desigual al capital, conocimiento y tecnología.  Nuestra posibilidad de progresar como individuos depende de la oportunidad que tenemos para acceder a conocimientos, tecnología y capital. Es el débil acceso a estos factores lo que explica, por ejemplo, que determinadas poblaciones sean mucho más vulnerables que otras a sufrir las consecuencias de una sequía; de estos factores depende también el desarrollo de un sector privado doméstico que permita la creación de puestos de trabajo de calidad.

6- Privatización.  En algunos casos, la privatización de servicios públicos como el agua, energía, salud o educación ha comportado la exclusión a los mismos de personas que no se pueden permitir pagar los precios establecidos por el mercado. La política debe servir para tomar las medidas necesarias para asegurar que la privatización de servicios públicos, cuando se produce, no contribuye a la violación de derechos humanos fundamentales. En Suráfrica, por ejemplo, la privatización de servicios públicos ha comportado que algunos analistas se refieran a un nuevo ‘apartheid’ entre ricos y pobres.

7- Acceso injusto a la información y exclusión de los espacios de toma de decisiones sobre políticas que influyen en nuestras vidas. Allí donde hay un déficit democrático producido por la falta de transparencia, la escasez de mecanismos de participación ciudadana y la debilidad de sistemas de rendición de cuentas por parte del gobierno a la ciudadanía se establece el caldo de cultivo perfecto para que las élites capturen el sistema político en beneficio propio.

8- Desigualdad de género.  Las desigualdades actuales entre hombres y mujeres son el resultado de políticas, prácticas y creencias injustas. Muchas de las injusticias descritas en los puntos anteriores afectan mucho más a las mujeres que a los hombres, por ejemplo, en cuestiones de acceso a tierra o capital, o en forma de exclusión de la vida pública. Necesitamos políticas que promuevan la justicia de género. No sólo para el beneficio de las mujeres, sino de toda la sociedad.

9- Impunidad y control del sistema judicial. La ley se debe aplicar a todos por igual. Nadie debería disfrutar de impunidad por delitos cometidos, sea la violencia organizada, el robo de dinero público o la colusión entre intereses políticos y económicos. En países donde la impunidad de los más poderosos es evidente, los ciudadanos tenemos la obligación de luchar para proteger uno de los pilares básicos de la democracia.

10-Conflicto. En ocasiones, la violencia y el conflicto no sólo producen pobreza, sino que son un mecanismo para reforzar y perpetuar el poder de determinados grupos de población sobre otros, o una vía para consolidar el acceso privilegiado de unos cuantos a dinero público o recursos naturales, en su país o fuera del mismo. El poder económico, el político y el militar se pasean muchas veces cogidos de la mano.

El mundo ha hecho avances significativos para reducir la pobreza: en los últimos treinta años, más de 1.000 millones de personas han salido de la pobreza extrema. Sin embargo, la porción de los ingresos que le corresponde a la mitad más pobre de la humanidad apenas ha cambiado en ese período, pese a que la producción económica mundial se ha triplicado con creces desde 1990. Las desigualdades socavan el progreso económico, lo que a su vez agudiza las diferencias sociales generadas por las desigualdades.

Tanto dentro de los países como entre ellos, siguen observándose desigualdades derivadas de los ingresos, la localización geográfica, el género, la edad, el origen étnico, la discapacidad, la orientación sexual, la clase social y la religión, factores que determinan el acceso, las oportunidades y los resultados. En algunas partes del mundo, estas diferencias son cada vez más acusadas. Entretanto, están surgiendo deficiencias en otros ámbitos, como el acceso a las tecnologías móviles y en línea.

Cada vez son más los que coinciden en que haber adoptado un planteamiento limitado frente al crecimiento económico —en el que se dejaron de lado las consecuencias en términos de distribución— ha dado lugar a una gran desigualdad de los ingresos y la riqueza en muchas regiones del mundo. Según Oxfam, si se mantiene el grado actual de desigualdad, la economía mundial tendría que crecer 175 veces para que todos ganaran más de 5 dólares al día. Es evidente la necesidad de lograr un crecimiento inclusivo, equitativo y sostenible, que garantice el equilibrio entre las dimensiones económica, social y ambiental del desarrollo sostenible.

Las desigualdades no son fruto del azar; son una elección. El crecimiento desorbitado de la riqueza de los milmillonarios no es indicativo de una economía sana, sino consecuencia de un sistema económico violento y nocivo. El hecho de que las personas en situación de pobreza, las mujeres y las niñas, y las personas racializadas se vean afectadas y mueran de manera desproporcionada en comparación con las personas ricas y privilegiadas no es una casualidad. Las desigualdades extremas son una forma de violencia económica en la que las decisiones legislativas y políticas a nivel sistémico y estructural, diseñadas para favorecer a las personas más ricas y poderosas, perjudican directamente a la amplia mayoría de la población mundial y, especialmente, a las personas más pobres, las mujeres y las niñas, y las personas racializadas. Aquí te mostramos cuatro ejemplos de cómo opera la violencia económica:

Es un secreto a voces: los Gobiernos pueden tomar medidas
Los Gobiernos tienen un gran margen de maniobra para cambiar radicalmente el rumbo. Es su elección. Pueden elegir entre una economía sexista, racista y violenta en la que la riqueza de los milmillonarios aumenta exponencialmente, y en la que millones de personas mueren y miles de millones más se empobrecen debido a las desigualdades; una economía en la que agotamos los recursos de nuestro planeta y, con ello, el futuro de la humanidad. O pueden elegir una economía centrada en la igualdad, en la que nadie viva en la pobreza, ni tampoco en una riqueza milmillonaria inimaginable; en la que haya libertad para vivir sin miseria; en la que todo el mundo pueda prosperar, no solo sobrevivir, y albergar esperanza; una en la que las desigualdades no maten.

Según el Banco Mundial: Hoy se sabe que las naciones donde la brecha entre quienes pueden o no acceder a oportunidades en la vida es más amplia, tienen dificultades para mantener el crecimiento económico y la estabilidad social a lo largo del tiempo.

Uno de los indicadores más intuitivos de la crisis del aprendizaje es el índice de pobreza de aprendizajes, que mide la proporción de niños que no pueden leer y comprender un texto sencillo a los 10 años. En 2019, se estimó que la tasa de pobreza de aprendizajes llegaba al 57 % en los países de ingreso bajo y mediano, y al 86 % en África subsahariana.

El Informe sobre Desigualdad Mundial de 2018 analiza cuáles son las causas de las desigualdades económicas:

  • La evolución de la desigualdad de ingresos observada en Estados Unidos viene dada en gran medida por una enorme desigualdad educativa, en el marco de un sistema tributario cada vez menos progresivo en un contexto de crecimiento en las remuneraciones de los trabajadores de mayores ingresos desde 1980.
  • Europa Continental, por su parte, experimentó un menor deterioro en la progresividad de su sistema tributario, así como una más moderada desigualdad salarial, explicada por la aplicación de políticas educativas y salariales más favorables a los grupos de ingresos bajos y medio-bajos.
  • La relación entre la riqueza neta privada y la riqueza neta nacional brinda información sobre el total de riqueza controlada por los individuos en relación a la controlada por sus gobiernos. La relación entre la riqueza pública y privada (que conjuntamente equivalen a la riqueza nacional) es un determinante crucial del nivel de desigualdad de los países.
  • La riqueza privada neta ha experimentado un incremento generalizado en las últimas décadas, pasando de 200-350% del ingreso nacional en la mayoría de los países ricos en 1970, a 400-700% en la actualidad. Esta tendencia se vio en buena medida incambiada por la crisis financiera de 2008 o por las burbujas de precios de ciertos activos experimentadas por países como Japón o España. En Rusia y China por su parte, se observa un incremento muy significativo de la riqueza privada. En el marco de las transición del comunismo a economías primordialmente capitalistas, la riqueza privada se triplicó y cuadriplicó respectivamente. Así, la relación entre la riqueza privada y el ingreso nacional en ambos países se está aproximando a los niveles observados en países como Francia, Reino Unido y Estados Unidos.
  • La riqueza neta pública (esto es, activos menos deuda pública), por el contrario, ha disminuido en prácticamente todos los países desde la década de 1980. En China y Rusia, la riqueza pública disminuyó desde un 60-70% a un 20-30% de la riqueza nacional. En Estados Unidos o Reino Unido, la riqueza neta pública se ha vuelto incluso negativa, mientras que en Japón, Alemania y Francia es apenas positiva. Esto limita la capacidad de los gobiernos para regular la economía, redistribuir ingresos y mitigar el crecimiento de la desigualdad. Las únicas excepciones a esta tendencia generalizada a la disminución en la riqueza pública son países como Noruega, que cuenta con recursos petroleros y fondos soberanos de gran envergadura.

El aumento de la desigualdad de los ingresos y de la riqueza obedece a diversos factores, como el estancamiento de los salarios y la menor participación en los ingresos laborales, la disminución gradual del estado de bienestar en las economías desarrolladas, la insuficiente protección social en los países en desarrollo, los cambios tributarios, la desregulación de los mercados financieros, los rápidos cambios tecnológicos y la automatización, entre otros.

También hay desigualdades dentro de las comunidades y dentro de las familias. Hasta el 30 % de la desigualdad de los ingresos tiene su origen en la desigualdad existente en los hogares. Si bien las desigualdades de género han ido disminuyendo —por ejemplo, se ha reducido la disparidad salarial por razón de género en los últimos veinte años—, las mujeres aún padecen disparidades económicas, jurídicas, políticas y sociales importantes.

Paralelamente, los niños siguen representando una proporción significativa (alrededor de la mitad) de los pobres del mundo, aun cuando los esfuerzos dirigidos a reducir la mortalidad infantil y mejorar la educación han redundado en mejores resultados en la mayor parte del mundo. Además, algunos grupos, como los pueblos indígenas, los migrantes y refugiados y las minorías étnicas y de otro tipo, siguen siendo víctimas de discriminación y marginación.

INTERMON-OXFAN en 2023 analiza las 7 causas de la desigualdad de la siguiente forma, complementaria con las anteriores:

1.- La globalización. Hace que la economía mundial esté más integrada y, por ejemplo, facilita prácticas como la externalización de los servicios. Esto provoca que las empresas puedan subcontratar a su personal en otras regiones, como los países en desarrollo, y demanden perfiles poco cualificados. El resultado es la eliminación de puestos de trabajo y la creación de otros con condiciones y sueldos deficientes.

2.- La irrupción de la tecnología. Las nuevas tecnologías pueden crear una brecha profesional y salarial porque benefician las habilidades personales y contribuyen a la producción. De este modo: aquellas personas que conozcan estas herramientas y sepan usarlas podrán aprovechar sus posibilidades porque se crean nuevos puestos laborales asociados a ellos (creación de aplicaciones móviles, community management, experiencias de realidad aumentada…). Habrá personas que pierdan su trabajo porque su labor podrá ser sustituida por nuevas tecnologías. En cambio, aquellas otras que desempeñan funciones no rutinarias, sino más creativas, no sufrirán este relevo. Como consecuencia de ello, los ingresos entre unas y otras personas serán muy desiguales.

3.- La distribución de la riqueza. El Informe sobre la Desigualdad Global 2018 del Laboratorio sobre la Desigualdad Global nos explica cómo la desigualdad económica está vinculada a esta cuestión. Desde la década de 1980 se ha producido una transformación en la propiedad de la riqueza: ha pasado del ámbito público al privado. Esto ha provocado que en los países ricos la riqueza pública sea negativa o próxima a cero, mientras que la nacional (riqueza pública más privada) ha aumentado. Ahora las personas controlan más riqueza que los gobiernos, pues la riqueza privada neta, en la mayor parte de los países ricos, es del 400-700% del ingreso nacional. En cambio, se observa que la pública (activos menos deuda) ha menguado. El resultado es una menor capacidad de los gobiernos para enfrentarse a la desigualdad.

4.- Los empleos y salarios. En este punto se agrupan varias cuestiones, como por ejemplo, la desigualdad de salarios según el nivel que se ocupa en la empresa. En la mayoría de los países los sueldos se incrementan de forma paulatina en toda la distribución salarial, sin embargo, se produce un incremento drástico dentro del rango superior de remuneración. Según el Informe Mundial sobre Salarios 2016/2017 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en Europa, el 10% con mejor remuneración recibe cerca de lo que percibe el 50% con menor salario. La tendencia hacia la precariedad laboral. El informe ¿Realidad o ficción? La recuperación económica, en manos de una minoría, elaborado por Oxfam Intermón alerta de cómo la transformación del mercado de trabajo está afectando a la población. Encontramos una inclinación hacia el fomento de trabajos temporales (implican peores salarios y protección social), la merma de la negociación colectiva (favorece que las personas empresarias puedan reducir de forma unilateral los sueldos) o subcontratación de servicios (las personas contratadas por este sistema perciben un 31% menos). La situación de la mujer en el mundo laboral. En dicho informe se explica que las mujeres se encuentran en una situación más vulnerable. Ellas ocupan los puestos con peores sueldos (son mujeres, el 73,9% de la población española en este caso) y son contratadas a tiempo parcial o de forma temporal.

5.- Los sistemas fiscales. Se tienden a sustentar las políticas públicas mediante las aportaciones de las personas trabajadoras y las familias, mientras que se busca reducir la fiscalidad a las personas pudientes y grandes compañías. Hay una persistencia de sistemas tributarios poco progresivos o concentrados en torno a las rentas del trabajo. En el caso de nuestro país, la recaudación procede: un 12%, del impuesto de sociedades, un 83%, del IRPF y el IVA. Si se mantienen los sistemas fiscales abusivos no es posible luchar contra la desigualdad económica.

6.- La evasión fiscal. Es algo tan sencillo como no pagar los impuestos correspondientes. Y algo tan grave que pone en riesgo el acceso a los servicios básicos de toda la ciudadanía. Las personas adineradas y grandes empresas ponen en marcha complejas estructuras de planificación fiscal para evitar su desembolso. Los paraísos fiscales son un instrumento para la evasión fiscal: son regiones con nula o escasa tributación y sin control o transparencia sobre las transacciones, lo que permite acrecentar los beneficios. Impiden que los estados puedan incrementar la recaudación e inversión en políticas sociales y ayudar de diferentes formas a personas, ya que las grandes fortunas y empresas emplean sociedades offshore con sede en estos paraísos para sortear el pago de impuestos (las filiales ubicadas en estas regiones perciben ingresos desde las otras sucursales). En el informe Guerras fiscales de Oxfam Intermón se cifraba en 100.000 millones de dólares la cantidad anual que los países desarrollados perdían por el uso de los paraísos fiscales por parte de las grandes compañías. También se señalaban los 15 países sede de los paraísos fiscales más agresivos (entre ellos, algunos ubicados en Europa, como los Países Bajos o Suiza, que ocupan los puestos número 3 y 4 del ranking) debido a su oferta de incentivos fiscales para seducir a inversores, como un bajo o ausente tipo nominal sobre el impuesto de sociedades o su desinterés por evitar la evasión fiscal.

7.- La escasez de políticas contra la desigualdad. El desarrollo de políticas sociales y de igualdad favorecería una sociedad más inclusiva, y aumentaría la protección de las familias y colectivos más desfavorecidos evitando que vivieran en condiciones de vulnerabilidad o pobreza. Medidas para garantizar los derechos de los menores, la igualdad de las mujeres o la cooperación al desarrollo evitarían que aumentaran las diferencias entre los sectores sociales. ¿No crees que valdría la pena intentarlo?

Going for Growth 2018, informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), señala que la desigualdad en España supera a la media del resto de los estados miembros (debido a la moderación de salarios y a la disminución de ingresos destinados a los segmentos de población más pobres) y ofrece algunas recomendaciones a nuestro país. Por ejemplo: reducir la presión fiscal sobre los asalariados con sueldos bajos, favorecer el acceso a la enseñanza superior y profesional, y disminuir la dualidad entre asalariados fijos y temporales.

Consecuencias de las desigualdades

Las desigualdades matan. Se estima que las desigualdades contribuyen actualmente a la muerte de cerca de 21 300 personas al día; dicho de otra manera, a la muerte de una persona cada cuatro segundos. Se trata de una estimación conservadora de las muertes ocasionadas por el hambre, por la falta de acceso a servicios de salud y los efectos del cambio climático en países pobres, y por la violencia de género, arraigada en sistemas económicos patriarcales y sexistas, a la que se enfrentan las mujeres. Millones de personas aún estarían vivas si hubieran recibido una vacuna contra la COVID-19. Pero se les negó esa oportunidad. Mientras, las grandes empresas farmacéuticas continúan conservando el monopolio de estas tecnologías.

Las desigualdades nos perjudican directamente a la inmensa mayoría
Las desigualdades son una amenaza mortal para nuestro futuro. La concentración extrema de dinero, poder e influencia en manos de unos pocos tiene efectos perniciosos para el resto de la humanidad. Todas y todos sufrimos las consecuencias del calentamiento global, cuando son los países ricos quienes están detrás del 92 % del exceso de emisiones históricas. Todas y todos salimos perdiendo cuando las emisiones de carbono del 1% más rico duplican las de la mitad más pobre de la población mundial, o cuando unas pocas pero poderosas empresas monopolizan la producción de vacunas y tratamientos vitales en medio de una pandemia global.

Los efectos de las desigualdades no se limitan al poder adquisitivo. Las desigualdades repercuten en la esperanza de vida y el acceso a servicios básicos, como la atención sanitaria, la educación, el agua y el saneamiento, y pueden coartar los derechos humanos, por ejemplo, debido a la discriminación, el abuso y la falta de acceso a la justicia. Cuando las desigualdades son considerables, desalientan la formación profesional, obstruyen la movilidad económica y social y el desarrollo humano y, en consecuencia, inhiben el crecimiento económico. Asimismo, afianzan la incertidumbre, la vulnerabilidad y la inseguridad, socavan la confianza en las instituciones y el Gobierno, aumentan la discordia y las tensiones sociales, y desencadenan actos violentos y conflictos. Cada vez hay más pruebas de que son las desigualdades de los ingresos y la riqueza las que impulsan el auge del nativismo y de las formas extremas de nacionalismo. Las desigualdades también socavan la capacidad de las personas y las comunidades para adaptarse al cambio climático y mitigarlo. Las últimas reacciones populistas al impuesto sobre el carbono demuestran que será cada vez más difícil emprender iniciativas audaces en relación con el clima si no se resuelven las causas profundas de las desigualdades.

Dificulta la lucha contra la desigualdad de género. El informe de la OIT, Global Wage Report 2018/19: ¿Qué hay detrás de las brechas salariales de género?, se centra en la disparidad de salarios entre hombres y mujeres. Nos señala que:

  • En prácticamente todos los países encontramos salarios desiguales entre los dos géneros.
  • En el mundo, las mujeres perciben, de promedio, un 20% menos que los hombres.
  • Aquellas empresas cuya mayo de obra es principalmente femenina presentan unos salarios más bajos. Por ejemplo, en Europa, las personas trabajadoras de empresas con perfiles productivos semejantes, cuya plantilla está compuesta mayoritariamente por mujeres, reciben 4.000 dólares (1 dólar = 0,88 euros) menos de salario que aquellas formadas por personal de diferente género.

Además de la desigualdad salarial por cuestiones de género, nos hablan de la “disparidad por maternidad”, que conlleva que las mujeres madres trabajadoras reciban un sueldo inferior a aquellas que no lo son.

La desigualdad económica, que se materializa, por ejemplo, en esta brecha salarial entre ambos grupos o la perpetuación de los roles de género (que consideran que deben ser ellas quienes se encarguen del cuidado del hogar y familiares, unas labores no retribuidas), se ha convertido en una poderosa traba para acabar con la desigualdad entre sexos y garantizar los derechos de las mujeres. Con una mayor equidad, el colectivo femenino podría fortalecerse a nivel económico, mejoraría su calidad de vida, se reforzaría su seguridad en la vejez mediante pensiones justas, o sería más autónoma e independiente con respecto al colectivo masculino.

Genera condiciones de vida menos dignas. En el informe Bajan los salarios, crece la desigualdad de Oxfam Intermón, se indica que en España hubo una caída del 6,1% en el salario medio entre los años 2008 y 2014, y que se observa una diferencia entre los sueldos más altos y más bajos en muchos países pertenecientes a la OCDE, que se viene manifestando desde 1990 en un incremento de cerca de un 20% en los sueldos del 1% que más percibe y una caída de los sueldos más bajos.

Los sueldos son la principal vía de ingresos para las personas y familias. Con ellos cubren sus necesidades básicas y las de su familia. Pero ahora, disponer de uno, ¿implica vivir dignamente? Si los salarios no alcanzan para acceder a alimentación saludable, atender necesidades de salud, educación, vestimenta, vivienda o no impiden caer en la pobreza energética, ¿qué podemos pensar?

Es un obstáculo para que colectivos vulnerables puedan contrarrestar los efectos del cambio climático. El pequeño campesinado de muchas regiones del planeta solo cuenta con sus plantaciones domésticas como medio de vida. La agricultura y ganadería les permiten alimentar a su familia. Pero las temporadas de sequía y épocas de lluvia extrema merman sus cosechas y perjudican su ganado, y no cuentan con los medios económicos necesarios para adaptarse a los efectos del cambio climático.

Impide luchar contra la pobreza. Las Naciones Unidas indican que desde el año 2000 se ha conseguido reducir el índice de pobreza en todo el mundo, pero también que:

  • Sigue viviendo bajo el umbral de la pobreza cerca del 42% de la ciudadanía del África Subsahariana.
  • En las regiones en desarrollo, una de cada diez personas y sus familias sobreviven con 1,90 dólares al día.

La desigualdad económica no permite un crecimiento económico inclusivo y, en cambio, ampara que colectivos vulnerables vivan en condiciones de pobreza y con ausencia de protección social. Sin acceso a empleos dignos, servicios básicos, exponiéndose a una dieta pobre o sin una vivienda decente se prolonga la exclusión y marginación social de personas y familias, y se las priva de sus derechos. 

Afecta a los más indefensos, los niños y niñas. Según los últimos datos de Eurostat, relativos al año 2016, el colectivo infantil (26,4%) corría más peligro que la población total de sufrir pobreza o exclusión social (AROPE), en los países miembros de la Unión Europea. Algunos de los agentes que influyen en la pobreza de los niños y niñas son:

  • La situación laboral de los progenitores.
  • La composición del hogar.
  • La efectividad de la actuación de los gobiernos (proporcionar servicios o apoyo a los ingresos).

Además, este organismo recuerda que hay colectivos más vulnerables, como los migrantes y sus niños. Los menores que crecen en condiciones de pobreza y exclusión social tienen menos oportunidades y un mayor riesgo de no poder abandonar esa situación. 

Algunas fuentes: